En silencio aquel niño se preguntaba, confuso, qué podría haber hecho para hacer pensar al astronauta que habían razones para protegerse de él. Hasta entonces siempre había creído haberle hecho entender que lo quería con todo su corazón, y que de este sólo emanaban dulzura y cariño hacia él. Y que, a pesar de nunca haber visto sus ojos -puertas del alma-, tenía la cereza de que en él abundaban la bondad y la compasión, pues las había sentido durante años a través de sus palabras.
Por algo el niño admiraba tanto a aquel sublime astronauta, y deseaba ser como él, o, al menos, estar junto a él. Y poder tener a la luna tan cerca; incluso aunque asegurara el astronauta que desde su óptica era sólo polvo, el niño estaba más que seguro de que encontraría belleza en medio del aparente caos, pues siempre hallaba la manera de hacerlo.
Quizá lo que el astronauta nunca comprendió, fue que el niño deseaba con todas sus fuerzas no ser el único que pudiese alegrar con su sencilla sonrisa; pues sabía que la sonrisa del astronauta tendría el poder de iluminar días enteros, y no precisamente por ser bella, sino porque con ella, demostraría al niño que confiaba tanto como lo hacía él.
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