¡Ya no te soporto! ¡Me sacas de quicio!
Te haz dedicado a arruinar mis mejores momentos,
siempre con tus afanes y tu trascurrir apremiante.
Qué odioso que eres.
La noche pasaba tranquila y divertida,
Las luces iban y venían; en medio de las sombras caminábamos felices,
distraídos... Delirantes también.
Las horas pasaban sin que nos persuadiéramos de ello en lo mas mínimo.
Entonces apareciste tú, causante de mis desdichas: ¡El Reloj!
De golpe me trajiste nuevamente al mundo real,
un mundo complicado por horas y horarios
y, como cenicienta, tuve que irme del baile.
No dejé mi zapatilla, ni mi carruaje se transformó en calabaza
ni mis caballos se hicieron diminutos ratones y menos terminé en harapos;
pero tuve que dejar al príncipe del reino.
¿Qué tienes en mi contra? ¿Qué te hice yo para merecer esto?
Por qué te empeñas en romper el encanto y mostrarme que,
a pesar de que en mi mente el tiempo se detenga, en la vida real no.
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